1733 EL DIABLO COXUELO - Pergamino - De Museo - Cojuelo


1733 EL DIABLO COXUELO - Pergamino - De Museo - Cojuelo

La obra fue tan popular que no quedan ejemplares conocidos de la primera edicion y solo uno de la 2ª, en la Bibloteca nacional. Esta que ponemos ahora a la venta también es una edición rarisima de la que no hemos hallado ninguna en venta y solo 3 en la Biblioteca Nacional OBRA CASI UNICA PRACTICAMENTE DESAPARECIDA UNO DE LOS PERSONAJES MAS POPULARES DEL SIGLO DE ORO EN LA MEJOR OBRA DE VELEZ DE GUEVARA (incluye ademas 3 obras mas) !! DE MUSEO !! El Diablo Cojuelo es un diablo que, lejos de ser una forma maligna, se le representa como «el espíritu más travieso del infierno», trayendo de cabeza a sus propios congéneres demoníacos, los cuales, para deshacerse de él, le entregaron en trato a un astrólogo, teniéndolo encerrado en una vasija de cristal. Se dice así mismo como inventor de danzas, música y literatura de carácter picaresco y satírico. Siendo uno de los primeros ángeles en levantarse en celestial rebelión, fue el primero en caer a los infiernos, aterrizando el resto de sus «hermanos» sobre él, dejándole «estropeado» y «más que todos señalado de la mano de Dios». De ahí viene su sobrenombre de «Cojuelo». Pero no por cojo es menos veloz y ágil. El diablo cojuelo es el más conocido y nombrado en los procesos, y en la literatura. La referencia al diablo cojuelo es mayoritaria en los conjuros, invocaciones y oraciones de las brujas castellanas. LA OBRA El personaje era ya popular en la cultura castellana del siglo XVII y estaba fijado en refranes, dichos y canciones. Desde 1602 y hasta 1608 aparecen frecuentes invocaciones al Diablo Cojuelo. Pero la referencia más conocida es la del dramaturgo Luis Vélez de Guevara, que recogió las andanzas de este personaje popular en 1641, junto al personaje del hidalgo «estudiante» Don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, en el Madrid de la época. El cojuelo hace constante mención a los refranes o dichos de Castilla. En el Madrid de los Austrias un joven hidalgo, don Cleofás, que huye de la justicia por una cuestión de faldas, se refugia por casualidad en el desván de un astrólogo que tiene encerrado a un diablo en una botella. El diablo le pide que le dé la libertad y Cleofás accede. A cambio, el que se presenta como Diablo Cojuelo lleva al hidalgo a un mágico viaje en el que, por ejemplo, ve desde las alturas el interior de las casas de Madrid como si las hubieran despojado del techo, o también, viaja por los aires a Toledo y a Sevilla y desde allí, en un espejo, ve como “televisado” las principales calles de Madrid cuando salen a pasear los notables de la ciudad. Al final, el Diablo Cojuelo, perseguido por otro diablo que tiene la orden de devolverle al infierno, es acorralado y se mete de un salto por la boca de un escribano que bostezaba. El perseguidor se lleva consigo a escribano y diablo. Esta simpática e imaginativa trama sirve de apoyo a Vélez de Guevara para dibujar una sátira quevedesca de la España de su época, ya en evidente decadencia como imperio. Sin afán de servir de ejemplo ni de estímulo para la corrección de defectos, El diablo cojuelo inicia la senda de esa deformación cómica o esperpento de España y lo español que tantos escritores cultivaron después. La novela participa plena y claramente del barroco español. En el contenido, porque refleja el desengaño del sueño imperial promovido en el siglo anterior, la bancarrota de la idea de una España exportadora de sus valores y madre y maestra de una hermandad universal. En la forma, por su larga frase, con multitud de subordinaciones y paréntesis, y su afán de colocar neologismos burlescos, imágenes chistosas y referencias míticas y culturales. Afortunadamente, el abundante uso del diálogo la convierte en una obra de lectura poco dificultosa. Fue el predilecto de las hechiceras castellanas de la primera mitad del siglo XVI, sin que su fama decayese hasta bien entrado el siglo XVII. Son varios los conjuros recogidos que invocan al Diablo Cojuelo: Diablo Cojuelo / traémele luego / diablo del pozo / traémele que no es casado / que es mozo / diablo de la Quintería / traémela de la feria / diablo de la plaza / traémele en danza… Señor de la calle / Señor de la calle / Señor compadre / Señor cojuelo / Que hagáis a XXX / que se abrace solamente a mí / y que me quiera y que me ame / y que si es verdad / que me ha de querer / que ladre como perro / que rebuzne como asno / y que cante como gallo. Su popularidad llegó hasta la Corte real de Madrid del siglo XVII, dónde estaba considerado un buen «mensajero de amor». Prueba de ello nos llega de diversos conjuros. Estos cinco dedos, pongo en este muro cinco demonios, conjuro a Barrabas, Satanás a Lucifer a Bercebú al Diablo Cojuelo que es buen mensajero que me traiga a Fulano luego a mi querer y a mi mandar. Extracto de "El diablo cojuelo" Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria humana de tanta diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones dijo: - ¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay lienzo para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las grandezas de la Providencia divina no sea esta la menor. Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo: - Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura. Mira allí primeramente como están sentados muchos caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media noche: que eso les han quitado a los relojes no más. Don Cleofás dijo: - Todas estas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para servillas. - Hanse pasado a los extranjeros porque las trataban muy mal estos príncipes cristianos -dijo el Cojuelo-, y se han quedado, con las caponas, sin ejercicio. - Dejémoslos cenar -dijo don Cleofás-, que yo aseguro que no se levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de los días les beso yo las manos y estas caravanas las ando yo las más de las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente buenas para veneradas. - Mira allí -prosiguió el Cojuelo- cómo se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de barba y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo doña Fáfula, y don Toribio, su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paría, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en esotro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel preciado de lindo, o aquel lindo de los más preciados, cómo duerme con bigotera, torcidas de papel en las guedejas y el copete, sebillo en las manos, y guantes descabezados, y tanta pasa en el rostro, que pueden hacer colación en él toda la cuaresma que viene. Allí más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra, que se ha de desposar mañana. (...) - Esotro que está en esotro aposentillo -prosiguió el Cojuelo- es un ciego enamorado, que está con aquel retrato en la mano, de su dama, y aquellos papeles que le ha escrito, como si puediera ver lo uno ni leer lo otro, y da en decir que ve con los oídos. En esotro aposentillo lleno de papeles y libros está un gramaticón que perdió el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio. Aquel que está a la puerta de esotro aposentillo con unas alforjas al hombro y en calzón blanco, le han traído porque, siendo cochero, que andaba siempre a caballo, tomó oficio de correo de a pie. Esotro que está en esotro de más arriba con un halcón en la mano es un caballero que, habiendo heredado mucho de sus padres, lo gastó todo en la cetrería y no le ha quedado más que aquel halcón en la mano, que se las come de hambre... EL AUTOR Luis Vélez de Guevara (Écija, Sevilla, 1 de agosto de 1579 – Madrid, 10 de noviembre de 1644), dramaturgo y novelista español del Siglo de Oro dentro de la estética del Barroco conocida como conceptismo, padre del también dramaturgo Juan Vélez de Guevara. Fue hijo del licenciado Diego Vélez de Dueñas y de Francisca Negrete de Santander, ambos de corta hacienda y al parecer descendientes de conversos. Estudió en la Universidad de Osuna, donde se graduó de bachiller en Artes el 3 de julio de 1596, de forma gratuita por ser pobre. Después fue cuatro años paje del cardenal Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla; por entonces escribió su primera comedia, El príncipe transilvano (1597–1598). Al morir el cardenal, en 1600, marchó como soldado a Italia en el ejército del Conde de Fuentes, participando en las campañas de Saboya, Milán y Nápoles bajo el nombre de Luis Vélez de Santander. También tomó parte en la jornada de Argel con el almirante genovés Andrea Doria y estuvo bajo el mando de Pedro de Toledo en las galeras de Nápoles, lo cual, según su hijo, le llevó seis años, aunque los documentos se refieren, sin embargo, a dos años, ya que parte de ellos los pasó en la Corte, en Valladolid, y aún estuvo un tiempo en Sevilla. Se estableció con la Corte en Madrid en 1607 y entró al servicio del Conde de Saldaña, hijo del Duque de Lerma, dedicándose también a la abogacía y a las letras, y empezó a utilizar los apellidos por los cuales es más conocido desde 1608, año en que el 24 de septiembre se casa con Úrsula Remesyl (o Ramisi) Bravo, a la que también cambió el apellido por Bravo de Laguna. De ella tendrá en 1611 al también dramaturgo Juan Crisóstomo Vélez de Guevara. Aún casaría dos veces más (en 1618 con Ana María del Valle, fallecida de sobreparto el 20 de noviembre de 1619, y con María López de Palacios en 1625), manteniendo además algunas amantes y muchos hijos, por lo cual siempre pasó gran parte de su vida endeudado. Es falso que se hubiera casado en una cuarta ocasión. El cambio de apellido se debe a quererse honrar con el de un presunto antepasado suyo, uno de los trescientos caballeros que sacó de Ávila el rey Alfonso X el Sabio para ganar Jerez de la Frontera. Como cuenta Emilio Cotarelo, un tal Luis de Santander fue quemado por judaizar en 1554 en su natal Écija, por lo que le convenía rehuir ese apellido e inventarse una hidalguía inexistente para poder medrar. En 1608 publicó su Elogio del juramento del Serenísimo Príncipe don Felipe Domingo, cuarto de este nombre, en cuya portada se titula «criado del Conde de Saldaña». A partir de 1611 abundan los documentos que testimonian su fama como poeta y dramaturgo (fue uno de los pocos poetas dramáticos que siempre tuvo admiradores y nunca enemigos). Sin embargo, las primeras comedias que se le publicaron, El espejo del mundo y El hijo de la barbuda, lo fueron en 1612. Por desavenencias con el Conde de Saldaña abandonó su servicio y empezaron sus habituales problemas económicos a causa, entre otras cosas, de su enorme familia, si se ha de juzgar por los numerosos versos de circunstancias que dedicó a pedir; se ganó fama por ello de poeta pesetero o pedigüeño, bajo el sobrenombre de «el importuno Lauro»; aun en su testamento deja una enorme lista de pequeñas deudas que satisfacer. Entró, sin embargo, al servicio del Marqués de Peñafiel, hijo del Duque de Osuna, durante dos años, y, después de haber sido breve tiempo ujier del Príncipe de Gales, futuro Carlos I, en 1623, alcanzó en 1625 un buen cargo similar, el de ujier de cámara regia, aunque... sin sueldo, salvo gajes de la casa, médico, botica y entierro. Esto le dio alguna tranquilidad para consagrarse a su obra dramática, en la que logró grandes éxitos (El rey en su imaginación, 1625; Si el caballo vos han muerto, 1633; Los amotinados de Flandes, 1634; La nueva ira de Dios, 1635). En 1633 consiguió una cierta estabilidad económica al lograr una pensión mensual de doscientos reales, lo que, en marzo de 1636, fue sustituido por otra merced del monarca, un puesto de carnicería en el mercado; pidió sin embargo en continuos memoriales ayuda de vestuario y condumio, algo habitual en quienes vivían de las letras, siempre, con todo, muy dignamente, pues al mismo rey se quejaba en estos términos: No hay Marqués de Villafranca / ni Conde partinuplés. / Todos son por un rasero / Marqueses de Peñafiel, / Condestables de Noescuches, / Mariscales de Novés, / tan fanfarrones de bolsas, / tan escollos de arancel, / que aunque con plagas les pida / no darán un alfiler. Colaboró en academias literarias y certámenes poéticos serios o burlescos, y organizó veladas teatrales en Palacio, con representaciones propias y comedias «de repente». Incluso llegó a corregir las obras del propio Felipe IV. Sin embargo restringió los temas de sus dramas a la Historia profana o bíblica. En 1641 publicó su obra más conocida, la novela El diablo cojuelo. Verdades soñadas y novelas de la otra vida, en un estilo muy conceptista. Poco después, en 1642, cedió su cargo de ujier a su hijo Juan, quien fue también escritor y dramaturgo, si bien menos fecundo que su padre, y se retiró. Murió en su casa de la calle de las Urosas asistido por su cuarta esposa, María de Palacios, el 10 de noviembre de 1644, de unas calenturas malignas y un «aprieto de orina»; poco antes había testado ante Lucas del Pozo, dejando por albaceas al duque de Veragua y a fray Justo de los Ángeles; está enterrado en la capilla de los Duques de Veragua, en Doña María de Aragón. Todos los ingenios de su época alaban unánimemente en él, como Cervantes, «lustre, alegría y discreción de trato». En su época llegó a rivalizar con el propio Lope de Vega y Calderón por el cetro del teatro español, tanto en los corrales de comedias como en los coliseos de la realeza. Lope mismo no le escatimó elogios en su Filomena y en su Laurel de Apolo, como tampoco Francisco de Quevedo, Juan Pérez de Montalbán o Cervantes 1733 EL DIABLO COXUELO VERDADES SOÑADAS Y NOVELAS DE LA OTRA VIDA LUIS PEREZ DE GUEVARA Pedro Joseph Alonso y Padilla, Librero de Camara de su Majestad MADRID INCLUYE ADEMAS "LAS OCHO ENIGMAS CURIOSAS Y ENTRETENIDAS", "LA NOVELA DE LOS TRES HERMANOS" Y "LA NOVELA DEL CABALLERO INVISIBLE". Encuadernación en pergamino de época en estado usado con leves perdidas en las esquinas de las tapas (ver fotos). Interior correcto con algo de oxido y alguna hoja tostada. Reparación en la parte posterior de la Portada restaurando perdida pero sin afectar texto. Ademas de las obras propiamente dichas incluye 10 paginas con un interesante repertorio del impresor de libros puestos a la venta en su negocio. 133 pag. medidas 150 x 100 mm
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